Robert Johnson: Ficción #1.

Se oía retumbar el cielo esa noche, por arriba del gris de las nubes el cielo se resquebraja para caer en pedazos sobre las nubes, sobre la golpeada tierra. Son House y otros, empleados de la plantación, blancos y negros, pobres y más pobres, pasaban la noche bebiendo y destensando el cuerpo con el baile y el alcohol. Liberándose de las penas del arduo trabajo, guiñando los ojos a las mujeres mientras los niños saltaban entre todos imitando los gestos y las gestas a su alrededor; cuando de la oscuridad de la noche llegó un chamaco con una guitarra deshecha en la espalda y pidió turno para cantar el Blues.

No tardaron en callarlo, puede que lo hayan abucheado, puede que le hayan aventado agua. Calló, para perderse en la oscura noche entre los bosques y el pantano, no sin antes, como recuerda Son House, dejar de nombre: Robert Johnson. Otro negro como cualquier otro. Todos aquellos que oyeron el nombre del desafinado no deben haber prestado mucha atención al suceso, desconociendo al padre y a la madre, el pobre chamaco viene perdido entre caminos con una guitarra al hombro, a lo mucho volverán a saber de él si les llega el rumor de que un chamaco desafinado fue asesinado por otro hombre, como es que casi todos mueren, en éste, el oficio más peligroso en “América”; o el destino silencioso de quien se pierde entre la oscuridad de las caminos como de la memoria. Se fue Robert Johnson tras fracasar en el granero de Robinsonville, a cruzar caminos y batir destinos.

El chamaco creció para abandonar su casa cerca de Memphis, abandonar su matrimonio y su campo, abandonar como toro en celo recorriendo los campos; para ser un desconocido entre los caminos indiferentes a la suerte de los humanos, ignorado en los cruces de los caminos donde los destinos se intersectan. “Voy a buscar a mi padre”, dijo, cuando agarró su guitarra y dio rumbo desconocido para buscar el Blues.

Supieron de él de nuevo, que había estado en Robinsonville a la orilla del viejo río, que había estado, en otro tiempo, con otra mujer. Sacudiéndose entre las esquinas de los bares. Vendiendo sobre los escalones de los arrepentimientos de las iglesias, tamales calientes en las mañanas– mientras el pueblo limpiaba con arrogancia ante el altar, como todos los domingos, las tentaciones en las que sus almas impuras incurrían. Todos desconocían su nombre, bendición para sujeto como él, en medio de la encrucijadas, con una .32-20 en el pantalón mientras pedía que alguien lo llevara a otro lugar. Supo su familia de disparos y mujeres armadas, cuerpos en los pantanos y el aullido que atraviesa alarmando la noche.

Pero Robert no podía dejarse de mover pues le caía la suerte siempre como negativa, podía ser navidad, o podía ser Mardi Gras pero el pobre Robert no podía dejar pasar el tiempo estando en algún lugar. Era el sur, era el Blues y él, negro: cuando pasaba días escondido entre las malezas y los pantanos para evitar ver a algún desgraciado colgado del cuello en un gran árbol. Sea que la muerte le persigue, o sea que es la mano del hombre la que pesaba sobre su cabeza pero no podía estar tranquilo sin que, al lugar donde arribara, le persiguiera la suerte que lo correteaba.

Tenia como compañero el camino, cosa que nunca es de un hombre de bien. Su familia supo después de que lo habían visto camino a Martinsville, al sur, cerca de Hazlehurst. Donde conoció a otra mujer, y tras otra, otra, que le dio un hijo; no eran grandes méritos pero parece que no lo molestaba más que el Blues. Irracional volvió a desbordarse al camino cuando conoció a un relampagueante músico que le enseñaría a tocar como Son House, Ike Zinnerman. Astuto, rápido y siniestro como nadie, decían, callaba a los cielos con sus gritos, rompía el río con su clamor; se dice incluso, que no era la vida lo que lo hacía tocar, sino pasaba las madrugadas cultivando el Blues entre los muertos, al extraer su habilidad al cautivar su arte en los cementerios. Partió de nuevo, diciendo “Voy a volver con alguna que otra historia que contar”.

Su familia en Memphis mandó a buscarlo, preocupados, pues al haber dejado de cantar los salmos y espirituales, su alma estaría condenada. Cantar canciones para borrachos y prostitutas no es el camino del señor, decían. Que su mujer y sus vacas lo esperaban. No fue hasta que volvió el viejo río a salir de su curso cuando llegó otra vez, como una sombra más en el ballet de la oscuridad de la noche, él, ya no más chamaco, con guitarra en la espalda y una botella de alcohol en la mano, recuerda Son House, con heridas de celos en la cara y las luchas contra otros pobres y negros en el torso, entró pasando desapercibido abriendo la noche mientras el cielo empezaba a batirse en su intestina batalla contra el mar acumulando las aguas en sus intermediaciones para soltarse como cascada, cuando cayó un rayo que calló a todos en el granero, blancos y negros, pobres, todos pobres, qué pobres, míseros: con las ropas gastadas y los pies enlodados; cuando alertaron que cantaba el extraño, el cual desde las tinieblas había arribado para dejar atónitos a todos. No fue el rayo, no fue la lluvia, se decía, es el diablo el que le ha dado a este pobre negro, sin nombre ni madre, el Blues.

Se dice que volvió a partir, y llego a Chicago y Nueva York, que conoció Canada y a algunas canadienses, que incluso cruzó el desierto para llegar a California, donde dejó a alguna Juanita embarazada, pues dicen que tenía mujeres en casi todos los pueblos en donde pisaba. Así a los 27 años, la vida le apareció otra vez como miseria, al poner fúrico a algún mal esposo que decidió que era hora de ponerle un alto, ya que Robert como el diablo, cautivaba a todo aquel que lo viera en cualquier lugar, pero como el diablo, tenía que ser eliminado. Algún corazón borracho por el pecado le dio lo que es del diablo, y fuera hierro o con las manos, cerca de Greenwood, vengó el honor de la carne y atacó a Robert Johnson, puede que el diablo estaba en dos lugares a la vez ese día pues se dice que Robert le dijo mientras este lo apuñalaba o lo ahorcaba, “¿qué no puedes hacerlo bien? hasta yo clavo mejor a tu mujer…”

La carrera de Robert Johnson fue fugaz, 41 temas en dos años (1937-38) para después volver de donde salió.

 

(por cierto: aquí dejo una caricatura sobre Robert Johnson que vale la pena)

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